Listo, la historia del campeón mundial de fútbol 2010 larga en unas horas. Estoy a pleno, contento+nervioso=ansioso. Encima, tengo que trabajar. Por suerte, con el partido como material.
Estoy y quiero estar fanatizado con la Selección de Diego.
Por un lado, el fanatismo, en tanto que pasión desmedida, implica una cierta pérdida de raciocinio. En mi caso personal, ello consiste, por ejemplo, en el olvido militante de cosas como la ausencia de Román, la cama al querido Coco, la presencia de Bilardo en el equipo técnico, el joggo feíto de las eliminatorias, La Noche del Diez, las declaraciones en contra de jugar en La Paz de algunos de sus jugadores, el abrazo con Menem, o con Pelé, en fin.
Por otro lado, en su vieja concepción, el fanatismo denota a los protectores (o guardianes) del templo, derivación del cruce entre fanatismo y religión. Y ese es el aspecto que ayuda a completar el sentido. Sin el cuál, el fanatismo no puede ser comprendido.
Se dice que a Diego se lo ama o se lo odia. Se dice que es 'controvertido', que sus declaraciones son 'controvertidas', que es un 'bocón', impresentable, o una vergüenza internacional. Se ponen en duda sus modales, sus derechos, sus opiniones y su conducta, entre otras muchas cosas. Como villero. O negro de mierda.
Parece cosa extraña, a simple vista, semejante aversión hacia a una de las personas que, sin dudas, más alegrías proporcionó al pueblo argentino. O que alguien pueda avergonzarse por el 'qué dirá' el mundo de sí mismo por culpa de Maradona. Cuando, si el mundo tiene algo que decir de algo que se llama Argentina, en gran proporción se le debe al Diego.
Parecerá cosa extraña, pero no lo es. La historia nacional está atestada de ejemplos del rechazo popular a instancias y personalidades más benefactoras, rechazo cuya virulencia es directamente proporcional a las condiciones de felicidad generadas.
No obstante la cantidad de ejemplos, no hay explicación científica para tal comportamiento. Sí hay mayor o menor acuerdo en una suma de aspectos que, en su conjunto, seguramente, sean un cuadro más certero del estado de situación. A la vez que conviene no olvidarse de la insidencia de factores de poder, influencia mediática, conveniencia política, intereses empresariales, etc.
Hay que sacar los odios menores fundamentados en diferencias estético-futbolísticas o en enemistades de hinchadas. Paradójicamente, la envergadura del odio es inversamente proporcional a la consistencia de sus fundamentos.
El odio y el desprecio que despliegan algunos -pocos, pero de gran capacidad de bochinche mediático- contra Maradona, tienen orígen de clase, son de tipo discriminattorio. En él se combina, desde una especie de resentimiento hacia la suerte de ese villero de mierda que terminó en estrella millonaria, hasta la pesadilla de que la "anarquía imperante" en el mundo derive en un país -o en un universo- cuya lógica interna termine de degenerar todos sus valores, donde la "gente de bien", "decente" o "trabajadora" pierda privilegios a mano de un sector evidentemente inferior, promoviendo un país de negros vagos. El país bananero que siempre temimos ser.
Un amigo me contó hoy, justamente, la siguiente charla, mantenida con el chofer -oyente de Ari Paluch- de la combi que lo trae a la Capital desde el oeste del Conurbano, luego de que el conductor manifestara su deseo de una derrota temprana para la Selección:
Pasajero: -Che, xxxx, ¿querés que el lunes te traiga de regalo la camiseta de Nigeria o directamente la de Brasil?
Chofer: -No me vas a decir que pensás que vamos a llegar a algún lado con este impresentable
P: -¿El mejor jugador del mundo de todos los tiempos, decís?
Ch: -Dejame... Para mí, si Maradona hubiese nacido mudo hubiese sido lo más grande del mundo
P: -Y si vos hubieses nacido mudo, serías piloto de aviones.
Todos saben de qué les hablo. Todos escuchamos, más de una vez, que "quién se cree que es este tipo", "quién es Maradona para criticar al Papa" o variantes como "se cree que porque jugaba bien a la pelota, puede...". O expresiones como "qué injusto es que a un jugador de fútbol gane tanto y un maestro tan poco". Más cercanos sonarán los ejemplos de las frases que disfrazan de pretención educativa a los fundamentos, a raíz de su "que la sigan chupando".
Son todos disfraces, para no reconocer -o reconocerse, incluso- las verdaderas motivaciones racistas de su odio. Disfraces de "en nombre de la Nación", "de Dios" o "de la moral". Entiendo el doble atributo del acto de opresión, que a la vez que cumple con los fines inmediatos de la represión concreta, tiene la capacidad de reproducirse. Lo que explica la multiplicación tanto de actos represivos como del lenguaje del represor.
Es impresentable, entonces, para quienes pretenden presentarlo. Se condenan sus placeres. Se ataca directamente su modo y su autoridad para opinar, de la misma forma en que sienten vedada su propia opinión, y aplicándole el tamiz canónico de su propio opresor. En fin, atacan su soberanía. Y ahí, sí, ya aparece un templo que custodiar. Un argumento completo para mi fanatismo.
¡¡Vamos, Argentina, carajo!!
Dale campeooo, dale campeóo
12 junio 2010
Con el Diego, a morir
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Ulises Dumond
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18 diciembre 2009
Pa'l lado de los tomates
Este es un espacio que cree en la belleza, y que la concibe como una construcción y que, en tanto tal, un hecho político. También por ello, es algo inevitablemente dinámico. Que, a su vez, en su dinámica, resignifica constantemente sus atributos, sus valores, sus combinaciones, etc., y a veces, también, los conserva, refuerza, reafirma...
Así como este verano no vamos a ver a ninguna chica con una maya enteriza y con pierna, al estilo Mar del Plata de los '40, pero tampoco vamos a ver a ninguna con la maya By Deep de Patricia Sarán. Es evidente que no es algo relacionado estrictamente con la belleza, puesto que si en la época del destape nos volvíamos locos por el culo de Sarán, con el elástico poco más que a la altura de las costillas, no es que ahora hayamos hecho un curso de perfeccionamiento en recepción de belleza o en apreciación de culos. Y así, el resto de las cosas.
Antaño, a ningún equipo de fútbol, por ejemplo, se le ocurría pensar en un esquema defensivo. Era un deshonor, una vergüenza, era estar cagado... al nivel de rajar cuando había piñas. Era hasta peor que pegarle a una mina.
En el barrio donde nací y me crié había varios equipos. El más famoso, antes de que yo naciera sobre todo, era Oro y Plata. Después nací yo, aprendí a jugar, me llamaron del Resto de... y el Resto fue el más famoso, pero esa es otra historia.
En Oro y Plata jugaban, en su juventud, mi viejo, tres de mis tíos y varios de los vecinos que constituyeron el mapa barrial de mi infancia, cuando no eran ni mi viejo, ni su hermano, mi tío, ni sus amigos de la infancia, los esposos de las hermanas de mi mamá. Algún día me explayaré en el tema, porque me gusta. Y porque es muy rico en muchos sentidos. Ahora, a donde iba, porque más de uno ya se imaginará el contexto en que debía desde jugar hasta mirar los partidos, es a que no fue nada difícil, porque era cosa de todos los domingos, notar la molestia moral indefectiblemente rubricada con la puteada, cada vez que un jugador, cualquiera sea, hacía un simple e inocente pase atrás. "Va para atrás", "es un cagón", "así no vamos a ningún lado", "daaa, andá pa' delante"...
Ninguno de ellos jamás se definió como menottista, bilardista, o algo parecido. A pesar de que uno jugó bastante en la Primera A, suplente de Labruna, y otro se la pasa hablando maravillas de Carlos Bilardo, a pesar de ser hincha de Independiente, ninguno tuvo nunca una filiación ideológica en ese sentido. La única identificación era con los colores de su equipo. A lo sumo, ideológico era el berretín de uno de ellos que no podía dejar de repetir cada vez que Pelé había sido mejor que Maradona, cosa que siempre percibí como un gesto mitad generacional y mitad gorila. Pero esa también es otra historia. Una sola cosa logré reconocerle a Bilardo en toda mi vida, contraria a una posición del menottismo, que es su pregón de que a jugar al fútbol se aprende. Todo lo demás, sólo me indicó el lado incorrecto.
Algo pasó entre esa generación y la nuestra. Algo pasó para que no nos moleste un pase atrás, ni nos moleste salir a jugar sin win izquierdo, con un defensor por el lugar del 8 y otro, por el del 10. Algo pasó para que el potrero no sea más que información genética a ser manipulada en Europa, o para que los jugadores intratables se extinguieran del planeta fútbol argentino como dinosaurios. Para que proliferen jugadores a los que se les fomenta, por encima de todas las cosas, la humildad. Y esta, no queriendo referir otra cosa que sumisión y actitud servil.
Messi fracasa en la Selección porque no tiene a Xavi y Iniesta. Riquelme y Verón, por ejemplo. Di María como carrilero se cansa y se aburre tanto que suele desaparecer de los partidos. Y de 10 se pierde. Si hay seis número 6 en la cancha, los del fondo van a estar esperando el relevo de los que se le puedan ir a los defensores de la mitad de la cancha y no con la cabeza puesta en la salida rápida. Si Tévez tiene que ir a buscar la pelota a la mitad de la cancha y llevarla hasta arriba, en el área no va a tener aire ni para una gambeta ni para un pase justo. Lo mismo Agüero, al que la magia se le va a la mierda y a los centrales contrarios se les hace más fácil que jugar contra una escuelita municipal. Pero este tampoco es el tema.
El tema es que a pesar de soler creernos los mejores del mundo hemos entregado la soberanía futbolística, al igual que todas las demás producciones, al poder central de turno. Jugamos con sus sistemas. Y pasamos de la vergüenza de un pase atrás, aún jugando con cinco en ataque, a la vergüenza de atacar. O la vergüenza de hacerlo de un modo desmedido, o diferente del canónico. De la moda. Que, como el sol, siempre va de este a oeste y de norte a sur.
Cada tanto aparece un Angelito Cappa, un Juan Ramón Carrasco, un Coco Basile del '94 que, obligado o no, puso a cinco arriba y parecía invencible... pero, lo normal es que los jugadores, como tomates, se hagan de la riqueza natural del suelo que es el potrero y todos más o menos iguales, a gusto del consumidor, cuyos mejores exponentes serán de exportación y se pagará en euros.
Sabe el que leyó este blog que gustamos de los negros bocones, porque llevan sus certezas con prepotencia, con orgullo y con valentía. Porque se exponen, se incineran y se vuelven a levantar. Porque llevan el mensaje de soberanía en el modo de pararse, de mostrar el pecho o levantar la cabeza. Nadie en El Club del Fernet se deja confundir con valoraciones de sistemas o estirpes ajenas. Nunca preferimos un Beckham a un Garrafa Sánchez, ni a un Ballack antes que a un Román o la altura a la habilidad, o a la imagen del sacrificio de Mascherano antes del toque del gol a Servia y Montenegro. Nadie en este blog hubiera sacado a Riquelme del partido con Alemania ni hubiera seguido jugando el mundial de EE.UU. tras la salida de Maradona.
Sabe el que tiene algunos años del tiempo que hace que los tomates no tienen el gusto que tenían. Y la tele no puede traernos esas rojas y brillantes bayas, las más ricas y jugosas que se exportan, exclusivamente, como trae el fútbol de las estrellas nuestras cuando pasean sus bellezas por allá. Aunque uno no se hace tanto hincha del Inter o del Manchester City como de los goles y el protagonismo de los jugadores argentinos. Con el mismo berretín que goza al enterarse de que los tomates argentinos hubieran sido elegidos los mejores del mundo. O de Europa. Aunque no los vaya a probar nunca ni se dedique a la producción de tomates. Y aunque se rasque con refunfuños como "eso se lo llevan todo de acá, nosotros comemos comida de segunda", o "es una injusticia que un futbolista gane tanto". No pocas veces, en su versión extendida: "es injusto que un futbolista, que lo único que hace es correr atrás de una pelotita, gane una millonada, y un maestro se muera de hambre". De todos modos, muchos nos alegramos como idiotas cuando a cualquier argentino, así sea un tomate, le va bien. A la vieja conchuda, al empresario garca, al gerente nazi, al mecánico y al estudiante, es casi la única cosa que los une. No la política, no los consumos, ni la ideología, ni la religión, ni la defensa integral de la Patria ni la de la Industria Nacional siquiera, ni la ley, ni la justicia, ni la libertad... pero, bastará que alguien cuente lo maravilloso que creen en Europa que es tal argentino, y faltará poco para que todos los especímenes enemigos de esta sociedad nos tendamos en un abrazo emocionado de orgullo.
Todo esto, al pedo, para sostener el ánimo libre y soberano que nos caracteriza, incluso contra todas las posibilidades de ser leído hasta este punto, sólo para decir lo de siempre, que me gusta tanto el culo de Pato Sarán y su bombacha tan alta, como el de los calzones que usan ahora. Y me gustaría mucho más el diseño nacional para el culo argentino. Yo quiero decir que hay que tener personalidad y para ello es necesario pensarse y, entonces, mirarse, escucharse, entenderse, no ir hacia atrás para que no se enoje nadie, sino mirar atrás para entender, cosas como la vergüenza que le daba a tu abuelo ir para atrás con la pelota, o vaguear, robar, corromperse, pedir prestado o abusar de otro, por ejemplo. Todo para decir que Juan Román Riquelme es el mejor jugador del mundo y que Maradona es el mejor jugador de todos los tiempos y que tengo el sueño de que dirija la mejor Selección Nacional de la historia, y que quiero que Estudiantes de La Plata mañana salga campeón porque nuestra idea futbolística está más cerca de Verón que de Messi y nuestra otras ideas están con un equipo que jugó el campeonato local, como tomates de nuestro mejor potrero, pero que pudimos comer acá. Todo esto para decir que mirá lo que hace Di María si le abrís los espacios para que corra para adelante y no lo tenés corriendo al defensor contrario. Para decir que hay que terminar con la mentira estratégica de la fealdad, y encima ajena, porque hasta es muchísimo más aburrida que morir tratando la belleza nuestra.
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Ulises Dumond
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10 junio 2009
Confío en el Diego (de la gente)
barbaridades, de buenos y malos, confundidos y turros, y los ánimos destituyentes de siempre.
Tal vez por el miedo que nunca había tenido, por la limitaciones tácticas sufridas por los equipos en que jugó cuando era jugador, por las ganas locas de resucitar del todo, por la edad o por las influencias actuales -cuando se drogaba le decían "el entorno", pero ahora no se habla de eso- es que hace y dice cosas terribles.
Dejarse influir por la propaganda es lo peor que siempre hizo Maradona. Decir a veces lo que los medios dicen, lo que la gente "quiere" escuchar, es su peor defecto. Después viene el carácter que lo bautizó como un "bocón", que son los períodos en que se siente con la obligación de desafíar hasta al mismo Dios -al otro- y en tercer lugar, recién, se ubica cierta ignorancia general. Si bien muchísimas veces su sentido común acierta definiciones políticas cuando se equivoca, se equivoca fiero. Cuando esa boca está a favor de uno, uno se siente feliz e invencible, pero, cuando está en contra, dan ganas de matarlo. Por último, un ejemplo de la tercera opción es La noche del 10, cuyo desconocimiento del medio lo hizo quedar como un pelotudo delante de una audiencia increíble. ¿Quién lo habrá convencido de hablar como el padre Farinello y decir cada 5 segundo "para todos los argentinos".)Hasta la era Bielsa se pensaba que la clasificación no tenía ninguna relación con el mundial. Se clasificó siempre sufriendo. Y con un juego y una estrategia diferentes a la idea que después se llevaba al mundial. (Dejo fuera al Coco porque Diego no estaba y porque a pesar de los cinco goles de Colombia, Argentina clasificó segunda. Pero hay que acordarse, porque abona esta teoría que trato de explicar, que ese Seleccionado salía campeón seguro si no le cortan las piernas al Diego, y salía porque a diferencia de la clasificación, lo jugó con cinco delanteros: Maradona, Caniggia, Balbo, Batistuta y Redondo. Que si bien era cinco, se cuenta como de ataque porque el cinco de contención era el cholo Simeone. De esa Selección o de su técnico, Maradona dijo: "El Coco es tan grande que hasta Simeone tira paredes".)
Maradona parece asustado, mal aconsejado y, sobre todo, boicoteado. Bilardo va a filmar uno por uno los pastos del Monumental, pero es incapaz de avivarse de que para evitar el apunamiento hay que hacer una adaptación de un mes para jugar en la altura. Esto sí quizás no lo sepa Bilardo, pero se haga o no se haga, el modo de cansarse menos, siempre, en la altura o al ras del mar, es tener la pelota y moverla, jugar, hacerla correr. La pelota corre y los jugadores no. O no tanto. Ese fue el error en Bolivia. Donde encima el quepo salió a correr como loco. Con un equipo B adaptado se podría haber ganado con no mucha difícultad.

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23 octubre 2008
Como el tero

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18 septiembre 2007
Coco, miralo a Valentino
¿Alguien vió esta carrera?
Im-pre-sio-nante.
Eso es lo que se pretende de un espectáculo deportivo. Y no es que la mayoría no lo sepa, es que son estúpidos y mezquinos. Porque un ascendente político, ahora bonaerense desde siempre, manco como el gral. Paz, perdió un brazo inventando este tipo de hazañas.
Que cada Niembro, Bilardo, etcétera, se haga cargo.
Mientras tanto, Coco, andá buscando un diez. Cuatro en el fondo, tres en el medio -pero tres en el medio es, un ocho como Beluschi, un cinco como Gago y un diez como Román-. Después, tirá los tres delanteros que te gusten. Messi, Tévez e Higuaín. O Palacio. Si hay un cambio, es para que salga uno del fondo, o uno que está muy cansado. Vamos Coco, carajo.
Porque Dani Pedroso sale en todas las fotos, aunque haya salido segundo, porque se la jugó como un campeón. Entonces hay diferencias Coco, entre un segundo y otros segundos, hasta hay diferencia con algunos primeros que nadie quiere recordar.
Lo mismo que si Valentino hubiera salido segundo, ahora que es el malo por evadir impuestos. Así es el pueblo italiano, vivimos de comernos a nuestros ídolos. Una estirpe que, mientras los judíos pelean con Dios, se pelea con sus ídolos, verdaderos dioses mascotas, a imagen de la usanza.
Asíque, Coco, que tampoco importe lo que digan. Haga historia.
Nada, eso, a quién le importa el motociclismo.
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Ulises Dumond
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07 septiembre 2007
que vuelva Carlos
Al final, el flaco tenía razón. "Lo bueno que es el fútbol, que salvó a la medicina de Bilardo". En esa inteligencia, yo propongo la campaña "que vuelva Carlos II". A cualquier equipo. A Racing, que ya no le falta nada, por ejemplo.
Hoy Clarín publica en su edición de papel, aunque hasta ahora no se animó a subirlo a su sitio, una nota cuyo título afirma que "Bilardo tiene asegurado un lugar en el gabinete de Scioli".
Según este diario, Carlos Salvador Bilardo, el mismo que se postulaba para presidente con la estrategia de "conquistar Africa", el de las alfileres, el que el mes pasado decía que iba a ser prersidente de la AFA, o el que discutía y le pegaba al león Marulo en vivo desde Alemania, consigue de-la-mano del futuro Gobierno bonaerense, ponernos en peligro a todos.
Si Fox Sports, Blanquiceleste o alguien, el que sea -quenoseaAguilar, quenoseaAguilar- no se copa, estamos fritos. Hay que iniciar la campaña para que Carlos vuelva al fútbol, vah, a eso que hace él, pero, como diría otro Charly, "por favor, no te mueras en mi cama".
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Ulises Dumond
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